Al entrar la iglesia como intermediario no solo en las relaciones entre humanos y encuentros de mundos sino también como intermediaria de lo individual y lo personal se pierde la posibilidad de llegar a reconocer las responsabilidades de ese privilegio que tan descuidado habita el mundo. Mi trabajo se vuelve así a través del rito una imagen no que media, sino que invita a la relación del yo con yo. Una forma de espejo entre lo íntimo y lo externo, donde el intermediario que trafica con culpa y suertes queda reducido como apoyo en la evolución de los símbolos con los que la humanidad ha asociado lo divino mucho antes que Jesús Cristo. Invitando así a reconsiderar las dinámicas y conceptos de valor heredadas a través de siglos de explotación y usurpación.